Para que la justicia exista

Por Enrique Valentín
Director Ejecutivo de Casa del Sol
Hay series que uno termina y ya, se acaban los capítulos, se apaga la pantalla y al día siguiente uno sigue con su vida. Y hay otras, en cambio, que hacen algo más incómodo: se quedan dando vueltas en la cabeza.
Eso me pasó con El Juicio, la serie de Prime Video que pone sobre la mesa un tema del que, aunque hablemos cada vez más, todavía nos cuesta hablar de frente: qué ocurre cuando una niña o una adolescente denuncia violencia y esa denuncia entra en contacto con las familias, las instituciones, los abogados, los procedimientos y, sobre todo, con un sistema que tiene que decidir cómo responder.
Al verla pensé en algo que, desde el trabajo con niñas y niños, uno termina entendiendo de una manera distinta: la justicia no puede empezar ni terminar en una sentencia.
Claro que una sentencia importa, es evidente que la responsabilidad jurídica debe determinarse conforme a la ley y con todas las garantías que corresponden; pero para una niña que ha vivido violencia, la justicia es mucho más grande que eso.
También significa que alguien le crea, que alguien sepa escucharla, que una institución sepa protegerla, que no tenga que repetir una y otra vez lo que le ocurrió, que no sea expuesta innecesariamente, que tenga acompañamiento y que, después de todo lo que pasó, pueda tener la oportunidad de construir una vida distinta.
En Casa del Sol hemos aprendido que esa parte de la historia es fundamental. Trabajamos con niñas y niños que han vivido pérdidas, violencia, abandono y situaciones que ningún niño debería tener que enfrentar.
Por eso, cuando hablamos de protección, no hablamos solamente de evitar que vuelva a ocurrir algo, pensamos en construir las condiciones para que puedan desarrollarse, confiar, aprender, jugar, equivocarse, hacer amigos, imaginar un futuro y, cuando las circunstancias jurídicas y familiares lo permiten, tener la posibilidad de crecer dentro de una familia que pueda ofrecerles cuidado y permanencia.
Hay una experiencia que me ha acompañado especialmente y que, aunque no pretendo convertirla en una acusación contra una persona en particular, sí creo que vale la pena contarla porque ayuda a entender dónde está uno de los grandes retos de nuestro trabajo.
En una ocasión, una niña, casi adolescente, tenía que declarar dentro de un proceso; la audiencia había sido cancelada un par de veces y finalmente, en una tercera ocasión, llegó el momento. Después de muchos años, la niña tuvo que encontrarse nuevamente con su progenitor, señalado por ella como su agresor.
No obstante, en ese mismo contexto estaba presente su madre, una figura que la había abandonado; la niña se puso nerviosa al declarar y, a partir de esa reacción, el juez desestimó el caso.
Yo no puedo dejar de preguntarme: ¿cómo no se iba a poner nerviosa? ¿Cómo esperamos que una niña se comporte con absoluta tranquilidad cuando tiene enfrente a una persona a la que identifica como su agresor, después de años de distancia, después de que una audiencia ya había sido cancelada en más de una ocasión y después de encontrarse, en el mismo espacio, con una madre que también forma parte de una historia de abandono?
¿De verdad podemos interpretar el nerviosismo de una niña en esas circunstancias como si fuera simplemente un dato aislado de su declaración?
No se trata de decir que una reacción emocional determine por sí misma la responsabilidad jurídica de alguien. Los procesos de justicia requieren pruebas, reglas, procedimientos y garantías, eso es fundamental.
Pero sí creo que debemos preguntarnos qué estamos haciendo cuando colocamos a una niña en una situación tan difícil y después esperamos que su comportamiento sea el de una persona que está tranquila, segura y emocionalmente protegida.
Ahí es donde una institución tiene que sostener, es el momento donde tiene que existir protección; ahí es donde tiene que haber personas preparadas para comprender que detrás de una declaración hay una historia, un vínculo, un miedo, una pérdida y muchas veces una relación profundamente compleja con los adultos que están presentes.
La institución no puede convertirse, aunque sea involuntariamente, en una parte más del problema.
Y esto no lo digo desde la arrogancia de quien cree tener todas las respuestas, al contrario, lo digo desde la incomodidad de quien todos los días ve lo difícil que es hacer bien las cosas cuando se trabaja con niñez.
En Casa del Sol también nos equivocamos, también aprendemos, también revisamos nuestros procesos y también nos preguntamos constantemente qué podríamos hacer mejor. La diferencia está en que tenemos que estar dispuestos a hacernos esas preguntas. Porque cuando se trata de niñas y niños, hacer las cosas «más o menos bien» no siempre alcanza.
Hay algo que John Bowlby ayuda a entender muy bien en sus trabajos sobre apego y pérdida: los vínculos no son accesorios en la vida de una persona.
Las relaciones significativas tienen un peso enorme en la manera en que enfrentamos las separaciones, las pérdidas y las experiencias dolorosas. La teoría del apego permite comprender, precisamente, por qué la ruptura o amenaza de los vínculos puede producir reacciones emocionales tan intensas.
En Casa del Sol tenemos un círculo de lectura alrededor del libro La pérdida, porque nos interesa entender mejor justamente eso: qué pasa cuando una niña o un niño pierde una relación, una casa, una familia, una rutina, una persona importante o incluso la idea que tenía de cómo debía ser su mundo.
Leer a Bowlby no es un ejercicio académico que se queda en una sala, para nosotros tiene una relación directa con la manera en que cuidamos.
Si entendemos que el vínculo importa, entonces también entendemos que no basta con proporcionar alimento, techo, escuela y atención médica; todo eso es indispensable, pero también necesitamos construir relaciones confiables y sobre todo necesitamos adultos que estén presentes de manera consistente.
Es indispensable que las niñas y los niños sepan que alguien va a cumplir lo que promete, que alguien les va a escuchar y que alguien estará ahí cuando las cosas se pongan difíciles.
Esto conecta profundamente con El poder de la presencia, de Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson. Los autores plantean cuatro elementos que ayudan a construir relaciones seguras: que los niños se sientan seguros, vistos, calmados y, a partir de esas experiencias repetidas, seguros en sus vínculos.
Me gusta particularmente esta idea porque es sencilla y, al mismo tiempo, exige mucho de los adultos. Estar presente no significa solamente estar físicamente en el mismo lugar, equivale a mirar, escuchar, comprender, acompañar y responder.
Significa que un niño pueda experimentar algo tan básico y tan poderoso como: «cuando necesito a alguien, alguien está».
Los autores también plantean que una presencia confiable puede convertirse en una base desde la cual niñas y niños se atreven a enfrentar desafíos y desarrollarse.
Para quienes trabajamos con niñas y niños que han pasado por experiencias adversas, esto tiene muchísimo sentido, pues no podemos cambiar aquello que ocurrió antes de que llegaran con nosotros, pero sí podemos trabajar todos los días para que su experiencia presente sea distinta.
Y ahí aparece una idea que para mí es central: tratar excelente a las niñas y los niños no es un lujo ni un detalle adicional, es la mejor estrategia de protección y desarrollo.
Darles lo mejor que podamos no significa consentirlos en todo, significa ofrecerles buenos alimentos, atención médica, educación, límites claros, espacios seguros, oportunidades, escucha, respeto, afecto y adultos que sepan estar.
Significa exigirles de acuerdo con sus capacidades, no abandonarles cuando se equivocan y no hacerles sentir que su historia los condena a repetirla.
Queremos que tengan un apego seguro porque sabemos que un vínculo confiable puede convertirse en una base desde la cual puedan explorar el mundo, y queremos que tengan acceso a lo mejor que podamos ofrecerles porque creemos que las condiciones de cuidado importan para su desarrollo.
En otras palabras: si queremos que tengan éxito, primero tenemos que asegurarnos de que tengan condiciones para desarrollarse.
A veces hablamos de niñas y niños víctimas desde una mirada demasiado centrada en el daño, eso le sucede al padre de la protagonista en la serie El Juicio, y yo quisiera que pudiéramos hablar también de posibilidades, no para negar lo que ocurrió, sino para no permitir que lo ocurrido sea lo único que definirá sus vidas.
Hay niñas y niños que necesitan una familia, y cuando digo familia no estoy hablando solamente de una definición jurídica, hablo de ese lugar donde alguien sabe que existes, pregunta cómo te fue, se preocupa cuando estás enfermo, celebra tus avances y permanece cuando las cosas se ponen difíciles.
En algunos casos será su familia de origen, cuando sea posible y seguro, en otros, una familia extensa, en otros, una familia de acogida o, cuando se cumplan las condiciones legales y de protección correspondientes, una familia adoptiva.
La adopción no debería presentarse como una especie de final feliz que borra la historia anterior, no funciona así. Un niño que ha vivido pérdidas no deja de tener historia porque encuentre una nueva familia, necesita acompañamiento para integrar esa historia, necesita adultos que puedan comprender sus preguntas y necesita tiempo para construir confianza.
Y claro que también puede encontrar algo extraordinariamente importante: permanencia, y la permanencia importa.
Por eso creo que cuando hablamos de justicia para niñas y niños tenemos que ampliar nuestra conversación; la justicia también está en que una niña pueda dejar de vivir con miedo, está en que un niño pueda saber dónde va a dormir mañana, está en que alguien conozca su cumpleaños y lo celebre, está en que pueda tener fotografías de momentos felices, en que pueda hacer planes, en que pueda decir «cuando sea grande quiero ser…» y que nadie le responda que su historia ya decidió por él.
En ese punto me parece muy poderosa la idea de Ternura radical. Más allá de sus debates y de su dimensión política, hay una propuesta que me interesa especialmente: entender la ternura no como una actitud ingenua o débil, sino como una manera de relacionarnos con los demás y de cuestionar formas de relación que normalizan el daño.
El libro de Şeyda Kurt plantea precisamente que el amor no existe aislado de la sociedad, sino que está atravesado por nuestras formas de relacionarnos, nuestras estructuras y nuestras ideas sobre el cuidado.
Para quienes interactuamos con la niñez y la adolescencia, esa reflexión tiene mucho sentido. A veces cuidar también significa resistir la tentación de volvernos indiferentes, significa seguir tratando con humanidad a una niña que está enojada, a un adolescente que no confía, a un niño que prueba límites una y otra vez, y también significa entender que detrás de muchas conductas hay historias que todavía no terminamos de comprender.
La ternura, en ese sentido, no sustituye a la justicia, la acompaña.
Y aquí quiero hacer un reconocimiento que me parece justo: en medio de todas las conversaciones sobre lo que falta, también hay que hablar de quienes están haciendo que las cosas sucedan. Hay funcionarios y funcionarias que «se la rifan» todos los días; personas que trabajan dentro de las instituciones y que, aun con recursos limitados, cargas de trabajo enormes y procesos que muchas veces son complicados, siguen buscando alternativas, escuchando casos, acompañando familias y tratando de que una decisión administrativa o jurídica tenga como consecuencia una vida un poco mejor para alguien. A todas esas personas también hay que reconocerlas.
Porque son ellas y ellos, desde sus espacios, quienes tienen la posibilidad de tomar decisiones que pueden transformar la vida de otras personas, y genuinamente espero que cada día haya más.
Más servidores públicos preparados, sensibles, comprometidos y dispuestos a hacer bien su trabajo, más personas que entiendan que detrás de cada expediente hay una vida; más instituciones capaces de escuchar a quienes están en situación de vulnerabilidad y de coordinarse para responder mejor.
No creo que la solución sea señalar a todo el sistema como si estuviera compuesto por personas indiferentes, eso sería injusto y tampoco ayudaría a resolver nada. Yo veo a diario que hay mucha gente trabajando todos los días para cambiar las cosas; lo que necesitamos es que cada vez sean más, que tengan mejores herramientas y que encuentren instituciones capaces de respaldar ese esfuerzo.
Y también necesitamos que quienes estamos fuera de las instituciones gubernamentales asumamos nuestra parte.
En Casa del Sol, el trabajo de todas las personas que forman parte de este equipo busca coadyuvar a que exista justicia para esas niñas y esos niños que han sido víctimas y que necesitan protección. No somos la autoridad judicial, no somos una fiscalía y no pretendemos sustituir las responsabilidades que corresponden a otras instituciones; nuestro trabajo es otro, pero forma parte de la misma cadena de protección.
Cuando alguien cuida la salud de un niño, está sumando. Cuando alguien acompaña su educación, está sumando. Cuando alguien trabaja para que tenga una alimentación adecuada, está sumando. Cuando alguien consigue recursos para que una terapia continúe, está sumando. Cuando una persona voluntaria llega a convivir con ellos con respeto y responsabilidad, está sumando. Cuando una institución revisa sus protocolos, está sumando. Cuando un funcionario toma una decisión pensando realmente en los derechos de un niño, está sumando. Cuando una familia decide abrir su casa y su vida para recibir a un niño mediante un proceso de adopción, cuando jurídicamente es posible y después de la preparación correspondiente, también está sumando.
No todos tenemos que hacer lo mismo, pero todos podemos hacer algo. Y eso es lo que más me interesa rescatar de la serie El Juicio: no solamente la pregunta de quién tiene la razón, sino la pregunta de qué hacemos nosotros cuando una niña necesita que alguien se ponga de su lado.
Porque es muy fácil indignarse desde el sillón, compartir una publicación, decir que el sistema está mal y después seguir con nuestra vida. Lo verdaderamente difícil es involucrarse, prepararse, aportar, acompañar y aceptar que cambiar las cosas toma tiempo.
Yo también me enojo cuando veo que una niña tiene que enfrentar obstáculos que no debería enfrentar. Me enoja pensar que después de una experiencia de violencia todavía tenga que demostrar que merece ser escuchada. Me preocupa todos los días que una reacción emocional pueda ser interpretada sin considerar todo lo que existe detrás de ella. Me incomoda cuando las instituciones no logran sostener.
Pero también he aprendido que el enojo, por sí solo, no construye nada; hay que convertirlo en trabajo, en mejores protocolos, capacitación, acompañamiento, toma de decisiones, transformarlo en promover familias que sepan cuidar y que las personas no se cansen de sumar.
Porque al final, creo que la justicia sí debe existir, y no solamente como una resolución escrita en un expediente. Tiene que existir en la vida cotidiana de una niña que vuelve a sentirse segura, que pueda existir la posibilidad de que un niño pueda crecer en una familia que lo quiera y lo cuide, o en su caso, en una institución que, cuando una persona vulnerable llega a pedir ayuda, no la haga sentir todavía más sola.
Tiene que existir en un funcionario que decide hacer bien su trabajo aunque nadie esté mirando. Sé que existen, así como organizaciones que entienden que proteger no es solamente reaccionar cuando algo sucede, sino construir todos los días las condiciones para que una niña o un niño pueda desarrollarse.
Quizá esa sea la pregunta que deberíamos llevarnos después de ver una historia como El Juicio: no solamente quién ganó, quién perdió o qué pasó dentro de la sala, la pregunta es qué hicimos todos los demás mientras esa niña necesitaba que los adultos hiciéramos nuestro trabajo.
En Casa del Sol queremos seguir haciendo nuestra parte, queremos seguir aprendiendo, leyendo, revisando nuestros procesos y buscando mejores formas de acompañar. Deseamos que cada niña y cada niño que pase por nuestra casa reciba algo que quizá parece sencillo, pero que puede cambiar una vida: la certeza de que hay adultos que están ahí para ellos.
Porque al final, la justicia también se construye así: una persona que escucha, otra que acompaña, otra que decide, otra que protege, otra que abre una puerta y muchas más que, juntas, hacen que una niña o un niño no tenga que enfrentar solo aquello que nunca debió vivir.
Y si en el camino encontramos obstáculos, habrá que seguir sumando, porque cuando se trata de niñas y niños, quizá no podamos arreglarlo todo, pero siempre podemos hacer algo.
Y ese algo puede cambiar una vida.



