Jane no mamá

La historia de una niña, los libros que nos enseñaron a mirar la orfandad y las personas que decidimos no mirar hacia otro lado.
Por Enrique Valentín
Director Ejecutivo de Casa del Sol
Existen ciertas frases que una persona escucha y difícilmente puede olvidar. Algunas llegan de un libro, otras de una conversación y algunas, las más dolorosas, vienen de la voz de una niña de apenas tres años.
Jane suele repetir: «Jane no mamá».
Lo dice con esa naturalidad que tienen las niñas y los niños cuando todavía no alcanzan a comprender del todo el significado de las palabras; pero quienes la escuchamos sabemos que detrás de esa pequeña frase hay una historia que merece ser contada, no para provocar lástima, sino para recordarnos por qué es tan importante trabajar por el derecho de cada niña y cada niño a crecer en familia.
Jane prácticamente ha vivido en Casa del Sol desde el primer día de su vida. Tiene una mirada tierna, un andar pausado y alegre, una personalidad sensible y, de vez en cuando, una manera muy particular de enojarse para exigir atención. Es tímida en algunas ocasiones, empática con sus compañeras y compañeros, profundamente afectiva y, no podría dejar de mencionarlo, bastante competitiva.
Siempre se ha ganado rápidamente el cariño de sus educadoras, quizá porque hay niñas que llegan a nuestras vidas sin hacer demasiado ruido y, sin embargo, terminan ocupando un espacio enorme en nuestros corazones.
Su historia comenzó en circunstancias difíciles. La información con la que llegó a Casa del Sol señalaba que su madre podría ser víctima de trata de personas con fines de explotación sexual. Además de eso, Jane llegó acompañada de dos hermanas mayores, quienes, por razones relacionadas con su estado de salud, no pudieron ingresar a nuestro programa.
Durante aproximadamente dos meses, su madre acudió a visitarla una vez por semana. Después, las visitas terminaron y no volvimos a tener noticias de ella. Se realizaron distintos esfuerzos para localizarla, todos sin resultados. Por esa razón, ante la ausencia de familiares que pudieran hacerse cargo y la falta de contacto, se dio parte a las autoridades correspondientes y se iniciaron las actuaciones legales necesarias para atender la situación de abandono.
No conocemos toda la historia de su madre, tampoco sería justo reducir su vida a las circunstancias en las que Jane llegó con nosotros. Detrás de una posible víctima de trata hay una persona cuyos derechos también deben ser protegidos, y detrás de una niña que crece sin cuidados parentales hay una historia que exige respuestas institucionales, sensibilidad y responsabilidad.
La historia de Jane no es un caso aislado de las problemáticas que atraviesan a muchas familias. La trata de personas con fines de explotación sexual es una de las expresiones más crueles de la violencia y la explotación humana; sus consecuencias no terminan en la víctima directa: también pueden alcanzar a sus hijas e hijos, quienes enfrentan abandono, separación, negligencia en los cuidados y, en ocasiones, la imposibilidad de crecer junto a su familia.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. De acuerdo con el Informe sobre la Trata de Personas 2026 del Departamento de Estado de Estados Unidos, las autoridades mexicanas reportaron haber identificado 1,743 víctimas de trata de personas durante 2025, de las cuales 548 fueron clasificadas como víctimas de trata con fines de explotación sexual. Es importante aclarar que hablamos de víctimas identificadas por las autoridades, no de la totalidad de personas que viven esta situación.
Por otra parte, Naciones Unidas señala que las niñas, niños y adolescentes representaron el 38% de las víctimas detectadas a nivel mundial en el informe de UNODC de 2024. Entre las niñas identificadas como víctimas de trata, el 60% había sufrido explotación sexual.
Son cifras que deberían incomodarnos, no porque debamos acostumbrarnos a sentir indignación, sino porque necesitamos convertirla en acciones concretas. También me hacen pensar en algunos libros que han acompañado nuestras reflexiones sobre la niñez.
En Oliver Twist, Charles Dickens nos presenta a un niño que crece en instituciones donde la pobreza, la indiferencia y la ausencia de afecto parecen formar parte de su destino. En David Copperfield, el mismo autor nos recuerda que la orfandad no es solamente la ausencia de los padres, sino también la experiencia de crecer en entornos donde los adultos pueden convertirse en fuentes de protección o de sufrimiento.
Ambas historias fueron escritas hace casi dos siglos y, sin embargo, sus preguntas siguen vigentes: ¿qué sucede con las niñas y los niños cuando nadie se hace responsable de su cuidado?, ¿qué obligaciones tenemos como sociedad frente a quienes no cuentan con una familia que los proteja?
Michael Ende, en Momo, nos ofrece otra lección que considero fundamental para quienes trabajamos con niñas y niños: escuchar también es una forma de cuidar. Momo tenía una capacidad extraordinaria para escuchar a los demás, dedicarles tiempo y hacerlos sentir importantes.
En Casa del Sol, el tiempo es uno de nuestros recursos más valiosos. No basta con alimentar, vestir, llevar a la escuela o garantizar atención médica. También necesitamos sentarnos en el piso, jugar, escuchar una historia que se repite veinte veces, celebrar un pequeño logro y estar presentes cuando alguien necesita un abrazo.
A veces, cuidar significa detener nuestras actividades para atender un enojo que no sabemos explicar y otras veces significa acompañar un silencio.
Y aquí quiero hacer una pausa para hablar de quienes hacen posible todo esto. Durante nuestra reciente fiesta de Halloween, el jardín se llenó de disfraces, colores, risas y personajes; Jane también disfrutó su disfraz, la vimos participar, jugar y vivir esa emoción que cualquier niña merece experimentar.
Detrás de ese momento había mucho más que una fiesta: había educadoras que dedicaron tiempo a preparar los disfraces, organizar los detalles, pensar en lo que haría feliz a cada niña y cada niño y conseguir que una tarde cualquiera se convirtiera en un recuerdo especial.
Quiero reconocer especialmente a Verenice, Flor, Daniela y Laura, quienes actualmente son las responsables de su cuidado primario, y fueron ellas quienes conocen sus expresiones, sus necesidades, sus momentos de alegría y también sus dificultades; así como esos momentos en que Jane necesita atención, cuándo quiere jugar y cuándo simplemente necesita sentirse acompañada.
Su trabajo cotidiano merece ser reconocido porque muchas de las cosas más importantes que suceden en Casa del Sol no aparecen en los informes institucionales, no siempre se pueden medir en indicadores, pero dejan huellas profundas en la vida de una niña.
A veces pienso que quienes trabajamos aquí necesitamos tener un poco de varios personajes: un poco de Nacho Libre, para no perder el sentido del humor, atrevernos a hacer el ridículo y recordar que también se puede cuidar desde la alegría; un poco de Baloo, de El libro de la selva, para enseñar que la vida también está hecha de juegos, confianza y afecto; o como Bagheera, para tener la prudencia, la firmeza y la responsabilidad de proteger cuando las circunstancias lo exigen.
Porque cuidar no significa solamente querer, significa prepararnos, asumir responsabilidades, establecer límites, tomar decisiones difíciles y comprender que las necesidades de una niña o un niño deben estar siempre por encima de nuestras propias emociones.
Hoy Jane tiene tres años. Su situación jurídica todavía no permite concretar una adopción y forma parte de los casos que requieren avanzar en los procedimientos correspondientes para definir una alternativa familiar permanente.
Desde Casa del Sol continuamos trabajando de manera coordinada con las autoridades competentes y sabemos que estos procesos requieren tiempo, rigor jurídico y decisiones que garanticen el interés superior de la niñez. Nuestro compromiso es sumar capacidades, acompañar los procedimientos y contribuir a que se concrete la restitución de sus derechos, particularmente su derecho a vivir en familia.
No se trata de señalar culpables ni de construir discursos de confrontación. Se trata de reconocer que ninguna institución puede resolver por sí sola una problemática de esta dimensión. Necesitamos autoridades comprometidas, organizaciones profesionales, familias dispuestas a participar y una sociedad que comprenda que la protección de la niñez es una responsabilidad compartida.
En Casa del Sol tenemos claro que nuestro propósito no es que Jane permanezca aquí para siempre. Queremos que llegue el día en que pueda crecer en un hogar donde tenga una familia que la cuide, la acompañe y le permita construir su propia historia. Queremos que ese día, en el que lloraremos por su partida, llegue.
Mientras tanto, seguiremos estando, seguiremos celebrando sus cumpleaños, preparando sus disfraces, acompañando sus aprendizajes, atendiendo sus necesidades y buscando oportunidades para que su vida tenga cada vez más posibilidades.
Y cuando vuelva a decir «Jane no mamá», quizá no tengamos una respuesta capaz de explicar todo lo que ha sucedido; no podemos inventarle una historia ni prometerle algo que todavía no está en nuestras manos, pero sí podemos hacer algo: mirarla a los ojos, abrazarla si lo desea, escucharla y demostrarle, todos los días, que no está sola.
Porque si algo nos enseñan Oliver Twist, David Copperfield y Momo es que ninguna niña, ni ningún niño debería tener que aprender a vivir sin el cuidado y la protección que merece.
Y si algo nos enseña Jane es que detrás de cada expediente hay una persona; detrás de cada procedimiento jurídico hay una vida esperando respuestas y detrás de cada historia de orfandad hay una oportunidad para que los adultos hagamos las cosas de manera diferente.
Ojalá algún día Jane pueda leer estas palabras y descubrir que, mientras llegaba el momento de encontrar una familia, hubo muchas personas que trabajaron para que su historia tuviera un futuro distinto.
Que sepa que Verenice, Flor, Laura y Daniela, así como tantas otras personas, la acompañaron; que hubo disfraces, juegos, abrazos, cumpleaños y tardes felices; y que, aunque ninguna de esas cosas sustituye el derecho de tener una familia, todas fueron una manera de decirle que su vida importa.
Porque en Casa del Sol no trabajamos para que las niñas y los niños se acostumbren a vivir sin una familia, trabajamos para que algún día puedan tenerla.
Y ese día, sin duda, será la mejor noticia que podamos recibir.



