Pantallas, niñez y responsabilidad: una postura desde el cuidado en la era digital

El debate sobre el uso de dispositivos móviles en niñas, niños y adolescentes se ha convertido en un tema central de política pública y reflexión ética, en Puebla, la discusión sobre una posible prohibición ha abierto una conversación necesaria.
Como plantea Yuval Noah Harari en su libro Nexus, la humanidad no enfrenta tecnologías malas, sino procesos de adaptación incompletos; la velocidad del cambio digital supera la capacidad social para regularlo, especialmente en etapas vulnerables como la niñez y la adolescencia.
Por Enrique Valentín
Director Ejecutivo de Casa el Sol
La discusión sobre el uso de dispositivos móviles en niñas, niños y adolescentes ha dejado de ser una conversación privada entre familias para convertirse en un tema de interés público, político y ético; la reciente declaración del gobierno en Puebla sobre la posibilidad de prohibir el uso de celulares en menores de edad no es un hecho aislado, sino parte de una tendencia internacional que intenta responder a una pregunta urgente: ¿cómo proteger el desarrollo de la niñez en un entorno profundamente mediado por la tecnología?
Responder a esta pregunta exige ir más allá de posiciones simplistas, ni la prohibición absoluta ni la permisividad sin límites logran capturar la complejidad del problema; es decir, nos encontramos ante una transformación estructural en la manera en que los seres humanos acceden a la información, construyen significado y se relacionan entre sí. En este contexto, la niñez y sobre todo la adolescencia se vuelven especialmente vulnerable, no por debilidad, sino porque se encuentra en una etapa crítica de formación.
Como advierte Yuval Noah Harari en su obra Nexus, la historia de la humanidad puede entenderse como la evolución de redes de información que moldean la realidad colectiva; sin embargo, el verdadero riesgo no está en la tecnología en sí, sino en la incapacidad de las sociedades para adaptarse con suficiente rapidez a sus implicaciones, por ejemplo, la Inteligencia Artificial va infinitamente más rápido que la cámara de diputados y senadores.
Hoy, niñas y niños están siendo expuestos a ecosistemas digitales diseñados para captar atención, generar dependencia y maximizar el tiempo de permanencia; estos entornos no fueron creados pensando en el desarrollo infantil, sino en modelos económicos basados en la monetización de la atención, esta tensión entre desarrollo humano y lógica de mercado es uno de los puntos más críticos del debate.
Desde Casa del Sol, donde acompañamos procesos de vida de niñas y niños en contextos complejos, sostenemos una postura clara: el uso de tecnología en la niñez no debe prohibirse ni permitirse sin condiciones, sino integrarse a través de un proceso gradual, acompañado y profundamente consciente.
La niñez como etapa irrepetible: una mirada desde el desarrollo
La niñez no es una versión incompleta de la adultez, sino una etapa con necesidades propias, durante los primeros años de vida, el cerebro humano desarrolla conexiones neuronales a una velocidad que no se repite en ningún otro momento; estas conexiones dependen de la interacción directa con el entorno: el juego libre, el contacto físico, el lenguaje, la exploración sensorial y la relación afectiva.
La evidencia científica es consistente: organismos como la Organización Mundial de la Salud recomiendan evitar completamente la exposición a pantallas en menores de dos años y limitarla estrictamente en edades posteriores; no se trata de una postura ideológica, sino de una conclusión basada en estudios sobre desarrollo cognitivo, emocional y social.
El uso temprano de dispositivos móviles se ha asociado con:
- Retrasos en el desarrollo del lenguaje
- Dificultades en la regulación emocional
- Alteraciones en los ciclos de sueño
- Reducción en la capacidad de atención sostenida
Estos efectos no son inmediatos ni siempre visibles, pero se acumulan con el tiempo; lo preocupante no es un momento aislado frente a una pantalla, sino la sustitución progresiva de experiencias fundamentales por estímulos digitales. Cuando un niño interactúa con un adulto, recibe retroalimentación emocional, aprende a interpretar gestos, desarrolla empatía y construye vínculo, una pantalla, por más sofisticada que sea, no puede replicar esta complejidad, puede entretener, pero no puede vincular.
Primera infancia: el límite necesario
En la primera infancia, el uso de dispositivos digitales debería ser prácticamente inexistente, esta afirmación puede parecer radical en un contexto donde las pantallas están presentes en todos los espacios, pero responde a una lógica de cuidado. No se trata de prohibir por prohibir, sino de reconocer que en esta etapa el desarrollo depende de la calidad de las interacciones humanas y el introducir dispositivos de manera temprana implica desplazar tiempo y atención que deberían destinarse a experiencias insustituibles.
Es importante mencionar que los contenidos digitales están diseñados para captar la atención mediante estímulos rápidos, colores intensos y recompensas inmediatas, este tipo de estímulo puede dificultar el desarrollo de la paciencia, la concentración y la tolerancia a la frustración.
Desde una perspectiva ética, permitir el acceso irrestricto a estos entornos en edades tempranas plantea una pregunta incómoda: ¿estamos priorizando el bienestar de la niñez o la comodidad del adulto?
Segunda infancia: aprender a usar, no solo a consumir
Entre los seis y los doce años, el panorama puede cambiar, las niñas y los niños desarrollan mayor capacidad de comprensión, lenguaje y razonamiento, en esta etapa, la tecnología puede comenzar a tener un lugar, pero no como sustituto del juego o la convivencia, sino como complemento. El riesgo aquí no es el acceso, sino la falta de criterio y la mucha falta de acompañamiento, niñas y niños se convierten en consumidores pasivos de contenido, ¿Quién no ha visto en un restaurante o en el centro comercial un niño o una niña plantado frente a su pantalla sin percibir nada del mundo del que los rodea? Son niñas o niños congelados ante el frío de un dispositivo.
El rol adulto en esta etapa es determinante, no basta con establecer límites de tiempo; es necesario involucrarse en la experiencia digital, es prioritario: estar.
Porque preguntar, explicar, contextualizar y transformar el uso de la tecnología si puede ser una oportunidad educativa, siempre con el agente regulador de las emociones en las niñas y los niños: el adulto.
Esto implica también enseñar algo fundamental: que no todo lo que aparece en una pantalla es verdad, que los contenidos responden a intereses y que la información debe ser analizada críticamente.
Adolescencia: identidad, presión social y mundo digital
La adolescencia representa el punto más complejo de esta discusión, en esta etapa, los dispositivos móviles dejan de ser herramientas para convertirse en extensiones de la identidad y las redes sociales no solo conectan, también exponen, comparan y validan (o no).
Diversos estudios han documentado un aumento en problemas de salud mental asociados al uso intensivo de redes sociales:
- Incremento en síntomas de ansiedad y depresión
- Disminución de la autoestima
- Alteraciones en la imagen corporal
- Dependencia a la validación externa
La lógica de las plataformas digitales (basada en likes, seguidores y visibilidad) introduce una forma de evaluación constante que puede ser difícil de gestionar emocionalmente.
Frente a este escenario, la prohibición total pierde efectividad, las y los adolescentes no solo necesitan límites, necesitan herramientas y requiere aprender a habitar el mundo digital con criterio, a reconocer riesgos y a regular su propio comportamiento.
La clave está en el equilibrio entre autonomía y acompañamiento, una vez más: la presencia del adulto, sin redes de apoyo, las adolescencias son los principales perfiles de vulneración.
La ilusión de la prohibición: límites de la política pública
Por otra parte, es fundamental mencionar que en distintos países, se han implementado políticas para restringir el uso de celulares en entornos escolares, estas medidas han mostrado resultados positivos en términos de atención y convivencia dentro del aula; sin embargo, su alcance es limitado.
La tecnología no desaparece al salir de la escuela, de hecho, en muchos casos, el uso se intensifica en espacios no regulados y esto evidencia una realidad: las soluciones basadas exclusivamente en la prohibición abordan el síntoma, pero no la causa. ¿Cuál es el origen de esta problemática? la falta de educación digital, la ausencia de acompañamiento y la normalización de un uso desmedido.
Por ello, cualquier política pública debe ir más allá de la restricción, debe incluir programas de formación, campañas de sensibilización y estrategias de acompañamiento para familias y comunidades.
Desigualdad y contexto: no todas las niñas y niños son iguales
Hablar de tecnología en la niñez sin considerar el contexto es un error, en muchas comunidades, los dispositivos móviles representan la única vía de acceso a información, educación y comunicación; una política uniforme puede generar efectos desiguales, dice Gonzalo Saraví: “equidad desigual” o “exclusión recíproca”.
Las instituciones que trabajan con niñez y adolescencia tienen la responsabilidad de actuar con coherencia, no basta con emitir discursos; es necesario construir prácticas.
Esto implica:
- Establecer protocolos claros sobre el uso de dispositivos
- Capacitar al personal en temas de desarrollo digital
- Generar espacios de diálogo con familias
- Evaluar constantemente el impacto de las decisiones
En Casa del Sol, entendemos que el cuidado implica anticiparse a los riesgos, no reaccionar a ellos y la regulación del uso de tecnología forma parte de una visión más amplia de protección integral.
Recapitulemos: no se puede abordar este tema sin reconocer la realidad de las familias, en muchos casos, los dispositivos móviles cumplen funciones prácticas: entretener, calmar, distraer y pueden ser en contextos de alta exigencia, aliados cotidianos; sin embargo, normalizar este uso sin cuestionarlo puede tener consecuencias a largo plazo, especialmente situaciones de violencia. Por ello, es fundamental acompañar a las familias, no juzgarlas y así ofrecer alternativas, brindar información y construir soluciones realistas.
Lo sucedido recientemente en un colegio de la capital poblana, descrito como un fenómeno viral llamado: tiroteo en la escuela, proviene de situaciones originadas en redes sociales y medios digitales, ¿cómo prevenimos estos fenómenos? La respuesta es: acompañando.
La pregunta central no es si la tecnología es buena o mala, sino qué tipo de relación queremos construir con ella desde la niñez; esta decisión no es trivial, define la manera en que las futuras generaciones pensarán, sentirán y se relacionarán.
Retomando la reflexión de Yuval Noah Harari, la humanidad enfrenta el desafío de aprender a gestionar el poder que ha creado, la tecnología amplifica nuestras capacidades, pero también nuestras vulnerabilidades.
La niñez y la adolescencia, en este escenario, no puede ser un campo de experimentación sin límites.
Desde Casa del Sol proponemos una ruta clara:
- En la primera infancia, evitar el uso de dispositivos digitales.
- En la segunda infancia, introducirlos de manera gradual y acompañada.
- En la adolescencia, regular su uso con enfoque educativo y diálogo constante.
Esta postura no busca limitar el acceso al mundo digital, sino garantizar que ese acceso ocurra en condiciones que favorezcan el desarrollo integral, regular no es restringir el futuro: es protegerlo.
Porque, en última instancia, la discusión sobre pantallas no es tecnológica, es profundamente humana y la manera en que decidamos abordarla hoy definirá la calidad de nuestra sociedad mañana.
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