Opiniones

Vacaciones que también sanan

Por Enrique Valentín

Hay cosas que damos por hechas porque forman parte de nuestra historia: preparar una maleta, esperar con emoción el día de salir de viaje, discutir en familia qué ropa llevar, qué música escuchar durante el camino o quién ocupará el asiento junto a la ventana, recordar el olor del mar antes de verlo, sentir la arena entre los pies o descubrir un paisaje completamente distinto al que vemos todos los días.

Para la mayoría de nosotros, las vacaciones forman parte de los recuerdos de la niñez, tal vez no fueron viajes costosos ni destinos espectaculares, pero quedaron grabados en la memoria porque representaban algo muy sencillo y, al mismo tiempo, profundamente valioso: tiempo para jugar, para descansar, para convivir y para sentirnos libres. Sin embargo, existen miles de niñas y niños para quienes las vacaciones nunca han sido una posibilidad, no porque no las deseen, sino porque las circunstancias de su vida nunca se los permitieron.

Quienes trabajamos todos los días acompañando a niñas y niños que han vivido abandono, violencia, negligencia o diferentes formas de vulneración de derechos aprendemos rápidamente que la niñez no solamente se construye con alimento, educación o un lugar seguro para dormir, la niñez también se construye con recuerdos, con esos pequeños momentos que, sin darnos cuenta, terminan definiendo quiénes somos.

Y es que los recuerdos felices tienen un enorme poder, nos acompañan durante décadas, aparecen en conversaciones familiares, nos ayudan a enfrentar momentos difíciles y, muchas veces, se convierten en el lugar emocional al que regresamos cuando necesitamos sentirnos seguros; por eso, cuando hablamos de vacaciones, no estamos hablando únicamente de descanso, estamos hablando de construir memoria.

Este verano, en Casa del Sol, llevaremos a las niñas y niños a la playa, podría parecer un viaje más dentro del calendario de actividades, podría verse únicamente como un paseo recreativo, sin embargo, quienes conocemos sus historias sabemos que este viaje representa mucho más que unos días fuera de la institución.

Elste viaje representa la posibilidad de vivir una experiencia completamente nueva, la mayoría de las niñas y niños nunca ha conocido el mar, nunca ha escuchado el sonido de las olas rompiendo sobre la arena y unca ha sentido el agua salada en la piel.

Durante mucho tiempo entendimos el descanso como la ausencia de trabajo; descansar significaba simplemente dejar de hacer cosas. Hoy sabemos que no es así, la psicología del desarrollo y la neurociencia han demostrado que el descanso constituye un proceso activo mediante el cual el cerebro reorganiza información, fortalece conexiones neuronales, regula las emociones y recupera recursos físicos y cognitivos. En otras palabras, descansar también significa crecer, por ello, cuando una niña o un niño juega libremente, corre, explora un espacio natural o simplemente contempla un paisaje diferente, su cerebro no está «perdiendo el tiempo», está aprendiendo, está fortaleciendo habilidades sociales, está desarrollando creatividad, está ampliando su capacidad para resolver problemas, está regulando emociones, está construyendo seguridad.

Esto cobra todavía mayor relevancia cuando hablamos de niñas y niños que han vivido experiencias adversas, la ciencia ha demostrado que el estrés intenso y prolongado durante la infancia modifica la forma en que funciona el cerebro. Cuando una niña o niño, vive constantemente preocupada por sobrevivir, protegerse o anticipar el siguiente episodio de violencia, su organismo permanece activado durante demasiado tiempo. Por eso muchas personas se sorprenden cuando conocen a niñas y niños que parecen demasiado serios para su edad, que reaccionan con intensidad ante pequeños cambios o que encuentran difícil relajarse incluso cuando están en un ambiente seguro.

No es falta de voluntad, es el resultado de experiencias que obligaron a su cerebro a permanecer en estado de alerta durante demasiado tiempo y justamente ahí aparece el enorme valor del descanso. No porque unas vacaciones borren el pasado, eso sería una sería una expectativa irreal, pues las heridas emocionales no desaparecen con un viaje, pero sí pueden comenzar a equilibrarse cuando la vida ofrece experiencias distintas.

Cada momento de tranquilidad le envía un mensaje al cerebro, cada juego sin miedo, cada conversación alrededor de una mesa, esa carcajada compartida, esas selfies de las adolescentes, las caminatas para ver el amanecer, cada abrazo. Todos esos momentos le dicen al sistema nervioso algo profundamente importante: «También existen lugares donde estás seguro”, y ese aprendizaje vale muchísimo,  porque sanar no significa olvidar lo que ocurrió, sino que sanar significa descubrir que la historia no termina ahí.

Una de las consecuencias menos visibles del trauma infantil es la dificultad para permanecer en el presente, muchos adultos que vivieron experiencias difíciles durante la niñez describen la sensación de estar siempre esperando que ocurra algo malo, aunque todo marche bien, incluso aunque nadie los esté lastimando.

Con las niñas y los niños sucede algo parecido, por eso el juego tiene un valor tan extraordinario, cuando una niña se concentra en construir un castillo de arena, durante unos minutos deja de pensar en aquello que alguna vez le produjo miedo, cuando un niño intenta alcanzar una ola antes de que desaparezca, toda su atención está puesta en ese instante, y cuando juegan, ríen y descubren algo nuevo, sucede algo maravilloso: viven plenamente el aquí y el ahora. Pocas cosas resultan tan terapéuticas como recuperar la capacidad de disfrutar el presente, porque el presente es el único lugar donde realmente podemos construir esperanza.

Con frecuencia creemos que cambiar la vida de una niña o un niño implica únicamente resolver sus grandes necesidades, pensamos en alimento, educación, salud, vestido y protección, y sin duda son pilares indispensables para garantizar una vida digna, no obstante, hay algo que pocas veces ponemos sobre la mesa: la niñez también se construye a partir de momentos felices.

Las personas no solo recordamos lo que nos dolió; también somos el resultado de aquello que nos hizo sonreír. Somos las conversaciones que quedaron grabadas en el corazón, los lugares que nos maravillaron por primera vez, las personas que nos hicieron sentir importantes y las experiencias que nos enseñaron que el mundo también puede ser un lugar seguro, eso es lo que buscamos regalar este verano.

No únicamente un viaje a la playa, sino la posibilidad de construir un recuerdo que permanezca cuando pasen los años, una memoria al que niñas y niños puedan volver en los momentos difíciles y decirse a sí mismos que hubo un día en el que fueron plenamente felices, que hubo personas que creyeron en ellos y que comprendieron que su niñez también merecía ser vivida con alegría.

Estoy convencido de que una sociedad no se mide únicamente por la manera en que protege a su niñez en los momentos de crisis, sino también por su capacidad para regalarle oportunidades de disfrutar, descansar, jugar y maravillarse. Porque cuando una niña o un niño sonríe sin miedo, cuando descubre el mar por primera vez, cuando corre libremente por la arena o comparte una carcajada con quienes le rodean, no solo está viviendo unas vacaciones; está recuperando una parte de la infancia que nunca debió perder.

Quizá dentro de algunos años las niñas y niños no recuerden el nombre del hotel, ni el menú de cada comida, ni cuántos kilómetros recorrieron para llegar a la playa, pero sí recordarán la emoción de ver el mar por primera vez, la sensación de libertad al correr sobre la arena y la certeza de que hubo una comunidad que hizo posible ese momento. Y, a veces, un solo recuerdo feliz tiene la fuerza suficiente para acompañar a una persona durante toda la vida.

Hoy queremos invitarte a formar parte de esta historia, cada donativo, sin importar su monto, representa mucho más que un apoyo económico, significa una oportunidad para que una niña o un niño viva una experiencia que fortalecerá su bienestar emocional, ampliará su visión del mundo y quedará grabada para siempre en su memoria.

Necesitamos reunir recursos para cubrir el transporte, el hospedaje, los alimentos, el agua, los electrolitos, los trajes de baño, los flotadores y los juguetes para la piscina que harán posible esta experiencia. Si alguna vez has contemplado el mar con admiración, si recuerdas con cariño las vacaciones de tu niñez o si sabes el valor que tiene un momento de felicidad compartida, hoy puedes ayudar a que niñas y niños también escriban ese recuerdo en su historia.

En Casa del Sol creemos que una niñez digna no solo se protege; también se celebra.

Gracias por caminar con nosotros y por demostrar, una vez más, que cuando una comunidad decide cuidar de su niñez, el futuro comienza a cambiar.

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