Carta a niña y niños que viven en una Casa Hogar
Por Enrique Valentín, director ejecutivo de Casa del Sol
Queridas niñas y queridos niños:
Hoy quiero escribirles sin prisas, como se escriben las cartas que nacen del corazón y no de la obligación; quiero que estas palabras se queden con ustedes, quizá no todas de una vez, quizá algunas ahora y otras cuando las recuerden en silencio, en un día cualquiera.
Vivir en una casa hogar no es una historia sencilla, cada uno de ustedes llegó aquí con una mochila invisible, hecha de recuerdos, preguntas, ausencias y, muchas veces, de una valentía que ni siquiera sabían que tenían. Por eso quiero decirles algo con absoluta claridad: ustedes no son su pasado, son posibilidad, son presente y futuro.
Quiero contarles algo que tal vez no siempre se dice en voz alta:
Las personas que trabajamos aquí no estamos solamente por un tema profesional. Claro que hay preparación, responsabilidades, horarios, reportes y decisiones importantes que tomar; pero si todo se redujera a eso, este lugar sería distinto, sería frío, y este no es un espacio frío.
Estamos aquí también por un sentido humano y sensibilizado, eso significa que cada logro de ustedes nos alegra de verdad; que cuando ríen, algo dentro de nosotros se acomoda, que cuando algo les duele, no nos resulta indiferente, en otras palabras, significa que no vemos números ni expedientes: vemos historias, vemos nombres, vemos miradas.
El personal y el voluntariado lo hacen por mejorar este mundo, puede sonar como una frase grande, pero es profundamente cierta; hay personas que llegan después de jornadas largas, que regalan su tiempo, que comparten su conocimiento, que escuchan, que enseñan, que acompañan tareas, que organizan juegos, que preparan actividades, que simplemente se sientan a su lado cuando hace falta compañía.
No lo hacen por reconocimiento, lo hacen porque creen, como nosotros, que un mundo mejor empieza en lugares como este. Y no les voy a mentir: vivimos tiempos complejos, vemos cada día procesos más difíciles, historias que exigen paciencia, retos emocionales y muchos cambios inesperados. A veces el camino parece más empinado de lo que quisiéramos, como esas montañas que hemos subido y muchas veces se pone complejo, pero incluso en esos días, especialmente en esos días, seguimos soñando, ¿Recuerdan cuando llegamos a la cima? Así nos sentimos cuando vemos notas escolares positivas, valores y sus sueños cumplidos.
No solo eso, también soñamos con que cada uno de ustedes descubra lo valioso que es, con que aprendan a confiar en sus capacidades; con que se permitan imaginar una vida amplia, digna, luminosa, soñamos con el día en que miren hacia atrás y comprendan que este lugar no fue una pausa en su vida, sino un puente.
Tal vez todavía no lo notan, pero dentro de ustedes hay una fuerza silenciosa, la vemos cuando intentan de nuevo algo que parecía difícil, esa montaña, esa tela que suben cada semana, cuando nadan sin parar, corren, meten goles, escalan ese muro, tienen éxito en ese proyecto académico, o simplemente, ríen sin parar después de una despedida que les dolió mucho. También lo vemos cuando ayudan a otra niña o niño, cuando se levantan después de un mal día, cuando se atreven a preguntar, cuando defienden lo que creen justo, ¡ojo! Siempre con asertividad y respeto.
No esperamos que sean perfectos, nadie lo es, esperamos, más bien, que crezcan sabiendo que su historia no está definida por las circunstancias que los trajeron aquí, sino por las decisiones que tomarán más adelante: la vida tiene una manera curiosa de abrir caminos donde antes solo había muros.
También quiero que sepan esto, y quizá es lo más importante: no están solos.
A veces la palabra “hogar” se asocia únicamente con un lugar de origen, pero un hogar también puede ser un espacio que se construye con cuidado, con respeto y con presencia diaria. Cada conversación, cada comida compartida, cada aprendizaje, cada regla que busca protegerlos, todo eso forma parte de algo más grande: una red que los sostiene
mientras crecen.
Confíen en el tiempo, hay cosas que hoy no se entienden y que quizá duelen; pero el tiempo, cuando se camina acompañado, suele ordenar lo que parecía incomprensible, incluso estas palabras que pueden sonar complejas ahora, en algún momento, estoy seguro que lo entenderán. No pierdan la capacidad de asombro, por favor no renuncien a la ternura, no permitan que las experiencias difíciles apaguen su sensibilidad, porque precisamente esa sensibilidad será una de sus mayores fortalezas.
En todo este “rollo”, es importante decirles que nosotros también aprendemos de ustedes, aprendemos de su resiliencia, de su manera de volver a intentar, de la honestidad con la que sienten, de la facilidad con la que pueden transformar un día gris en uno más ligero, ¿han visto que hay días que no paramos de reír? Eso transforma el pasado, el presente y el futuro, nos recuerdan, constantemente, qué eso es lo que realmente importa. Hay una canción que me gusta mucho que dice: ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites, y ustedes, hacen eso sin dudarlo.
Si alguna vez dudan de su valor, miren todo lo que ya han atravesado, si alguna vez creen que no pueden, recuerden que ya han podido antes. Y si alguna vez el futuro les parece incierto, no olviden que hay muchas personas trabajando, desde lo profesional,
sí, pero sobre todo desde lo profundamente humano, para que ese futuro tenga más oportunidades, más justicia y más esperanza.
Ojalá la vida les regale encuentros nobles, amistades verdaderas y caminos donde puedan ser ustedes mismos sin miedo; nunca dejen de soñar, incluso cuando el mundo parezca empeñado en volver todo más difícil.
Porque nosotros, desde aquí, seguiremos soñando con ustedes.
Con respeto, cercanía y una confianza inmensa en lo que llegarán a ser.
Atentamente: quienes caminamos a su lado.
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