Opiniones

La resiliencia tiene nombre de niña y niño

Por Enrique Valentín

Hay noticias que nunca aparecen en los periódicos, y no porque no sean importantes, sino porque ocurren lejos de los reflectores; suceden en una sala de urgencias, en el pasillo de un hospital, durante una madrugada en la que un equipo entero deja lo que está haciendo para atender una emergencia.

Esta semana vivimos dos de esas historias en Casa del Sol, un niño de siete años comenzó con un intenso dolor abdominal, en poco tiempo fue valorado por personal médico y de enfermería, así fue como se confirmó el diagnóstico: apendicitis. La cirugía debía realizarse de inmediato. Al mismo tiempo, un bebé luchaba por recuperarse de una infección pulmonar, su condición no era casualidad; desde antes de nacer había enfrentado una batalla silenciosa: la exposición al consumo de sustancias durante la gestación dejó consecuencias en su salud y sus pulmones necesitaban apoyo con oxígeno para poder funcionar adecuadamente.

En ese momento comenzó la maquinaria a funcionar, Malula coordinando voluntariado para cuidar, Brittany liderando al personal para que las niñas y niños que se quedaban en la casa, siguieran cuidados de la mejor manera y al mismo tiempo, enfermería destinara su esfuerzo a la salud de ambos enfermos, Daniela, Mary y July como expertas, aportando su perspectiva y conocimientos para brindar atención en enfermería; Santiago preparando el transporte para trasladar a los niños, Daniel cargando al niño de una manera cuidadosa, el personal administrativo preparando toda la documentación y las alianzas con los hospitales; todas y todos como un sistema de engranaje para asegurar que todo saliera bien.

Y es importante reflexionar, con dos edades distintas, dos historias completamente diferentes, pero una misma responsabilidad. Cuando una niña o un niño vive bajo la protección de una institución, no hay espacio para la improvisación; las emergencias no pueden depender de la buena voluntad de alguien ni de la suerte, por eso tenemos procedimientos claros, personal capacitado, comunicación efectiva y capacidad de respuesta inmediata.

Mientras uno de los pequeños era trasladado al hospital para ser intervenido quirúrgicamente, otra parte del equipo organizaba la atención del bebé, se coordinaron horarios, traslados, relevos, comunicación con médicos, medicamentos y acompañamiento permanente durante la hospitalización, pero esto no es un trabajo heroico,es el trabajo que corresponde hacer cuando se asume con responsabilidad la protección de la niñez.

Hoy podemos compartir que ambos evolucionan favorablemente, el niño se recupera después de una cirugía exitosa y el bebé ya no requiere oxígeno y continúa mostrando avances importantes. Sin embargo, la mejor noticia no aparece en los expedientes médicos, la mejor noticia está en ellos mismos, ambos nos recuerdan una de las capacidades más extraordinarias del ser humano: la resiliencia.

Durante mucho tiempo se creyó que la resiliencia era una especie de fuerza interior con la que algunas personas nacían y otras simplemente no, hoy sabemos que esa idea estaba incompleta.

La psicóloga estadounidense Emmy Werner, quien siguió durante más de cuarenta años la vida de casi setecientos niños nacidos en condiciones de pobreza, violencia familiar y múltiples factores de riesgo, encontró algo sorprendente; aunque muchos enfrentaban circunstancias extremadamente adversas, una parte importante logró convertirse en adultos sanos, funcionales y emocionalmente estables. ¿Qué marcó la diferencia? Casi siempre aparecía un mismo elemento: la presencia constante de al menos un adulto que creyó en ellos, los protegió y les ofreció estabilidad.

Décadas después, la investigadora Ann Masten, profesora de la Universidad de Minnesota y una de las mayores especialistas en desarrollo infantil, describió la resiliencia con una expresión que cambió la forma de entenderla: ordinary magic, «la magia de lo cotidiano». Con esa frase quería decir que la resiliencia no proviene de poderes extraordinarios, nace de cosas aparentemente sencillas: una relación afectiva estable, una escuela que protege, una comunidad que acompaña, un adulto que escucha, una rutina segura, atención médica oportuna y personas que permanecen presentes cuando más se necesitan, en otras palabras, la resiliencia no aparece por arte de magia, se construye todos los días.

El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard explica que el cerebro infantil posee una enorme capacidad para recuperarse cuando cuenta con relaciones estables y protectoras, incluso después de haber vivido abandono, negligencia, violencia o enfermedades graves, el desarrollo puede retomar un camino saludable si el entorno ofrece seguridad, cuidado y respuestas consistentes.

Eso cambia por completo la manera en que entendemos el trabajo con la niñez, no basta con alimentar, no basta con dar techo, no sólo es buena voluntad. Cada interacción cotidiana puede fortalecer la capacidad de una niña o un niño para enfrentar las dificultades futuras, cada abrazo, cada límite puesto con respeto, cada palabra de aliento, cada consulta médica atendida a tiempo y cada adulto que cumple su palabra ayudan a construir esa resiliencia.

Por eso resulta tan importante comprender que proteger a la niñez nunca significa evitarles todos los problemas, eso sería imposible; proteger significa asegurar que, cuando los problemas aparezcan, no tengan que enfrentarlos solos, y en esa sala con el niño saliendo del quirófano, tomarle la mano y decirle: vas a mejorar, resulta, quizá, lo más valioso.

Eso fue precisamente lo que ocurrió esta semana, un niño despertó después de una cirugía sabiendo que alguien estaba ahí para acompañarlo y un bebé abrió los ojos mientras estaba conectado a un monitor, pero rodeado de personas pendientes de cada uno de sus signos vitales; puede parecer un detalle pequeño, para un cerebro en desarrollo, no lo es.

La evidencia científica demuestra que sentirse acompañado durante los momentos de mayor vulnerabilidad reduce el impacto del estrés tóxico y fortalece los mecanismos de adaptación que permitirán afrontar nuevas dificultades a lo largo de la vida. Quizá por eso quienes trabajamos con niñas y niños aprendemos una lección una y otra vez: muchas veces pensamos que somos nosotros quienes les enseñamos a ser fuertes, pero son ellos los que transmiten fortaleza, son ellos quienes nos enseñan a que siempre existe una posibilidad para volver a comenzar.

Siendo muy sinceros, ellas y ellos han vivido pérdidas que ningún niño debería conocer, han enfrentado enfermedades cuando apenas comienzan a descubrir el mundo, han experimentado abandono antes de aprender a leer o escribir. Y, aun así, encuentran motivos para jugar, para sonreír, para confiar nuevamente y de esa manera seguir creciendo, el niño, unas doce horas después de la intervención ya decía: se me antoja un pozole, y esa sonrisa que provocó, es autentica resiliencia.

Esa es la verdadera resiliencia, no consiste en olvidar el dolor, consiste en que el dolor no tenga la última palabra.

Aunque parezca repetitivo, nada de esto sería posible sin una comunidad comprometida con la protección de la niñez: gracias al Patronato, que hace posible contar con los recursos necesarios para responder cuando más se necesitan, gracias al personal, que trabaja con profesionalismo, sensibilidad y preparación, entendiendo que detrás de cada decisión hay una vida que merece ser protegida, gracias al voluntariado, que acompaña con generosidad incluso en los momentos más difíciles, convirtiendo el tiempo y la presencia en una forma de cuidado, y gracias a cada donante que deposita su confianza en Casa del Sol, sus aportaciones no son únicamente un apoyo económico, son medicamentos, consultas médicas, traslados, alimentación, seguimiento hospitalario y, sobre todo, en oportunidades para que una niña o un niño tenga un futuro distinto.

La resiliencia no es una cualidad reservada para unos cuantos, es una capacidad profundamente humana que florece cuando alguien decide cuidar de otro.

En Casa del Sol tenemos el privilegio de verla todos los días, y cada vez que una niña o un niño supera una enfermedad, recupera la confianza o vuelve a sonreír, confirmamos que, incluso después de la adversidad, siempre existe la posibilidad de escribir una historia diferente.

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