Una adopción, tres hermanos y cientos de personas detrás de un final feliz

Por Enrique Valentín
El pasado miércoles 8 de julio, se dio a conocer a través de algunos medios de comunicación y plataformas digitales que el Sistema Estatal DIF asignó a un grupo de tres hermanos con su nueva familia, es decir, ahora tendrán una nueva mamá y un nuevo papá que los protejan, los cuiden y les den amor.
La noticia ocupó algunos espacios en redes sociales y en medios de comunicación, se compartieron fotografías, se habló de un logro institucional y de un procedimiento exitoso; para la mayoría de las personas, la noticia duró apenas unos segundos en la pantalla del teléfono, se leyó, se dio un «me gusta», quizá se compartió y después se continuó con el resto del día.
Pero detrás de ese breve titular existe una historia enorme, pues no se trata de un acto de magia, ni de que una sola persona lo haya logrado, han sido cientos de personas detrás de esto para que hoy, su historia cambie.
Porque una adopción no comienza el día en que una jueza firma un documento, ni cuando una familia cruza la puerta para recibir a sus hijos, una adopción comienza mucho antes, desde el primer día en que una niña o un niño llega a una institución con miedo, con incertidumbre y, muchas veces, con heridas profundas que no siempre son visibles.
Comienza cuando alguien decide que vale la pena reconstruir aquello que otros rompieron, comienza cuando una organización entiende que su trabajo no consiste únicamente en ofrecer un techo y alimentos, sino en devolver esperanza, estabilidad y oportunidades para volver a confiar.
Esta historia trata de un patronato presente que gobernó éticamente y con su visión estratégica, un órgano de gobierno que sostiene a Casa del Sol; una Presidencia que acompañó y lideró todo un equipo, porque las organizaciones sociales no cambian vidas únicamente por tener buenas intenciones, lo hacen cuando existen órganos de gobierno responsables, cuando hay personas que toman decisiones pensando en el largo plazo, cuando la transparencia, la ética y la rendición de cuentas dejan de ser palabras bonitas para convertirse en acciones diarias.
Los grandes resultados siempre tienen detrás instituciones fuertes y las instituciones fuertes siempre tienen detrás personas comprometidas:
Esto sucedió gracias a Claudia y Judith, que limpiaron sus áreas con detenimiento; Martha y Malú, que les dieron de comer y les enseñaron a cuidar su alimentación; Mago, Daniela, Vere, Flor, Rocío, Ali, Fernanda y Jaz, que les cuidaron para que no les pasara nada; Mary, July, Irasbeth y Cecy, que cuando enfermaron, les dieron su medicamento y les inyectaron a pesar de los gritos y el llanto; gracias a Elena, que les ayudó a hacer sus tareas, incluso cuando ellos no querían; a Brittany, que les puso límites pero que gracias a eso hoy dicen «por favor» y «gracias»; y gracias a Malula, que les hacía los días más alegres, a pesar de consentirlos, a veces un poquito de más; también gracias a Rosy, que administró las bodegas para que el alimento nunca faltara.
Esto sucede gracias a Maricarmen, que los apapachó, escuchó y jugó con ellos; a, Santiago y a Daniel, que los llevaron a la escuela, a su clase de deportes y a sus consultas médicas; gracias a Cony, que siempre tuvo su ropa lavada y lista, gracias a Lorenzo, Mario y Emilio que tuvieron las instalaciones en orden y libres de accidentes; evidentemente, también sucedió gracias a las voluntarias que jugaron con ellos, que forraron sus libretas y les enseñaron a leer; gracias a cada donante, aliado y estudiante que hizo que este lugar exista; gracias a cada persona que hace a Casa del Sol.
Cada uno de esos nombres representa una historia distinta, quizá para muchas personas sean únicamente nombres escritos en una lista; pero para nosotros representan madrugadas, jornadas largas, preocupaciones, paciencia, frustraciones, risas, abrazos, llamadas de emergencia, reuniones, informes, capacitaciones, llantos y celebraciones.
Representan personas que decidieron hacer de su trabajo algo mucho más grande que cumplir un horario, porque nadie recuerda quién lavó la ropa que permitió que un niño llegara limpio a la escuela, nadie suele reconocer quién preparó la comida que permitió un desarrollo saludable, a pesar de que pocas personas imaginan quién desinfectó una habitación antes de dormir o quién consoló una pesadilla a las tres de la mañana.
Sin embargo, todos esos pequeños actos cotidianos fueron construyendo el camino para que, años después, una familia pudiera decir: «Queremos que sean nuestros hijos.»
Una adopción no solamente requiere expedientes impecables, también necesita niñas y niños que aprendan a confiar otra vez, necesita estabilidad emocional, hábitos, límites, afecto, salud, educación y seguridad; y todo ello, no sucede por casualidad, se construye.
Hay quienes piensan que el trabajo de una casa hogar consiste únicamente en cuidar niñas y niños hasta que aparezca una familia, pero la realidad es mucho más compleja; cada día se reconstruyen historias y cada comida compartida es una oportunidad para enseñar. Cada abrazo, cada límite, cada rutina y cada palabra de aliento son pequeñas piezas que van reparando aquello que la violencia, el abandono o la negligencia rompieron.
Y esa reconstrucción jamás es obra de una sola persona, es el resultado de un verdadero trabajo en comunidad, es por eso que detrás de cada adopción existe una enorme red de personas que probablemente nunca aparecerán en una fotografía.
Porque atrás de cada organización como esta, hay personas que lo hacen posible; porque en cada noticia como esta, hay héroes y heroínas que hoy queremos homenajear mencionando sus nombres, pues son estos nombres los que hoy han cambiado el mundo.
Vivimos en una época en la que solemos reconocer únicamente los grandes acontecimientos, celebramos la meta, pero olvidamos los entrenamientos. Aplaudimos el resultado, pero pocas veces miramos el esfuerzo cotidiano, y quizá por eso vale la pena detenernos un momento para agradecer a quienes rara vez reciben un aplauso.
A quienes limpian.
A quienes cocinan.
A quienes administran.
A quienes conducen.
A quienes lavan ropa.
A quienes llenan formatos.
A quienes buscan donativos.
A quienes escuchan.
A quienes ponen límites.
A quienes curan heridas.
A quienes juegan.
A quienes enseñan.
A quienes acompañan.
Porque el impacto social nunca pertenece a una sola persona, tiene muchos rostros y hoy, la vida de tres niñas y niños ha cambiado; tendrán un hogar, sin el ruido de los más pequeños, las peleas por la mochila más grande, sin el barullo de la hora de la comida, el transporte escolar para todas y todos. Hoy, la vida y su mundo se han transformado, un hogar les espera y, con ello, la satisfacción de un equipo que ha alcanzado su objetivo: darles una familia.
Seguramente habrá lágrimas, habrá nervios, una habitación nueva, juguetes nuevos y también nuevas reglas, habrá abrazos antes de dormir.
Y aunque el camino apenas comienza, sabemos que hoy tienen una oportunidad que cambiará para siempre el rumbo de sus vidas; nosotros también tendremos que aprender a despedirnos, porque quienes trabajamos en una casa hogar sabemos que el mayor éxito siempre duele un poco.
Nos acostumbramos a escuchar sus risas, reconocer sus voces, celebrar sus cumpleaños y a preocuparnos cuando enferman, los regañamos cuando fue necesario y reímos juntos aquellas tardes en el jardín. Y un día, cuando finalmente encuentran una familia, comprendemos que el verdadero propósito nunca fue que permanecieran con nosotros, nuestro trabajo siempre consistió en prepararlos para irse.
Ese es el éxito más grande, que ya no nos necesiten, que tengan un hogar donde crecer y que construyan una nueva historia.
Ahora, a seguir trabajando por los que se quedan, por los que todavía preguntan cuándo llegará su oportunidad, por los que aún observan cómo otros hacen sus maletas, por la niña que sigue esperando una llamada, el grupo de hermanitos que continúan soñando con una familia, por los dicen: «Yo también quiero una mamá.»
Y mientras ese día llega para cada uno de ellas y ellos, en Casa del Sol seguiremos haciendo lo que sabemos hacer: cuidar, acompañar, educar, sanar, proteger y creer que toda niña y todo niño merece crecer en una familia.
Porque cada adopción celebrada no representa el final de nuestro trabajo, representa, simplemente, la razón por la que vale la pena comenzar de nuevo todos los días.
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