Opiniones

Cuando la adultez se antepone a la niñez

Por Enrique Valentín*

Las historias que se relatan en este texto han sido construidas a partir de experiencias cercanas a la realidad, sin referencias a personas identificables; no buscan señalar culpables ni simplificar realidades complejas, sino visibilizar impactos profundos y sostenidos que ciertas decisiones adultas pueden tener en la vida de niñas, niños y adolescentes, es decir, el objetivo es reflexionar, no condenar.

Hablar de maternidad y paternidad suele despertar defensas inmediatas, es comprensible que en una sociedad que idealiza a la familia y romantiza el rol parental, cualquier cuestionamiento suele percibirse como un ataque, nadie quiere sentirse señalado, y menos aún juzgado; sin embargo, hay conversaciones que no pueden seguir postergándose, especialmente cuando las consecuencias recaen de manera directa sobre quienes no tuvieron voz ni voto para decidir: niñas y niños.

Este texto no nace desde la superioridad moral ni desde la comodidad de quien observa sin involucrarse, nace desde la preocupación profunda y, sí, desde el enojo ético que surge al ver cómo decisiones adultas —a veces impulsivas, a veces egoístas, a veces profundamente desinformadas— terminan marcando la vida emocional de la niñez. No se trata de señalar personas, sino de observar decisiones, mismas que colocan intereses personales por encima del bienestar infantil y que, al hacerlo, rompen un principio fundamental de convivencia social: el interés superior de la niñez.

La niñez no decide nacer, pero tampoco elige el contexto en el que crece, ni las dinámicas familiares que la rodean, ni la estabilidad emocional de quienes la cuidan, esa responsabilidad recae, enteramente, en las personas adultas. Por eso, cuando una madre o un padre prioriza su comodidad, su vida emocional desordenada, sus conflictos no resueltos o sus deseos inmediatos sin considerar el impacto en sus hijas e hijos, no estamos frente a un simple error humano: estamos frente a una omisión de responsabilidad con consecuencias profundas.

Con frecuencia, se minimiza el impacto de estas decisiones bajo frases como “los niños son resilientes”, “ya se les pasará” o “al menos tienen techo y comida”, estas ideas, aunque populares, resultan peligrosas. La resiliencia no debería ser una exigencia impuesta a la niñez para sobrevivir a la negligencia adulta, la resiliencia debería ser una capacidad que se desarrolla en entornos seguros, no una respuesta obligada al abandono emocional.

Las consecuencias de anteponer intereses adultos no siempre son visibles de inmediato a veces no hay moretones, gritos ni escenas dramáticas, el daño suele ser silencioso y persistente: inseguridad emocional, miedo al abandono, hipervigilancia, dificultad para confiar, normalización de la ausencia y del desamor; todas son huellas que no siempre se manifiestan en la niñez temprana, pero que aparecen con fuerza en la adolescencia y la adultez, cuando las personas intentan vincularse, amar o criar.

Pienso, por ejemplo, en un grupo de tres hermanos que, de un día para otro, llegaron a vivir con otros familiares después de que su madre, sin explicación clara para ellos, simplemente dejó de volver a casa, no hubo despedida, ni conversación, ni un relato que ayudara a comprender. La ausencia fue abrupta y definitiva. El hermano mayor, de apenas nueve años, asumió de inmediato un rol que no le correspondía: cuidar, proteger, vigilar, callar, dejó de ser niño sin que nadie se lo pidiera explícitamente.

La más pequeña preguntaba todas las noches cuándo volvería su mamá, lo hacía con la esperanza intacta de quien aún cree que las ausencias son temporales; nadie sabía qué responder. En ese silencio aprendió que preguntar podía doler más que callar, la hermana del medio comenzó a portarse “mal” en la escuela, cambios de conducta, enojo constante, desobediencia, nadie entendió que su comportamiento era una forma de decir: algo se rompió y no sé cómo arreglarlo.

Quizá hubo razones que nunca conoceremos; tal vez una crisis emocional profunda, una relación violenta, una historia personal marcada por carencias similares. Las causas pueden ser complejas y humanas, pero lo cierto es que, más allá de las razones, la ausencia tuvo un impacto real y duradero: los niños no solo perdieron a su madre; perdieron la certeza de que el mundo es un lugar predecible y que los adultos permanecen.

En otro contexto, aparentemente menos dramático, pero igual de dañino, un padre decidió irse “por trabajo”. Prometió volver pronto, prometió llamadas frecuentes, prometió apoyo económico y presencia; las semanas se convirtieron en meses, los meses en años, dejó atrás a dos hermanas que crecieron escuchando explicaciones ajenas para justificar una ausencia que nunca fue nombrada como abandono: “tu papá está ocupado”, “tu papá trabaja lejos”, “tu papá te quiere, pero no puede estar”.

La hermana mayor desarrolló una independencia forzada, casi rígida, aprendió a no necesitar, a no pedir, a no esperar, se convirtió en adulta antes de tiempo. La menor, en cambio, creció con una tristeza silenciosa que nadie supo leer a tiempo; se volvió retraída, desconfiada, con miedo constante a que quienes ama desaparezcan, es decir, ambas crecieron sin respuestas claras, cargando una ausencia que nunca les correspondió explicar.

No siempre conocemos las causas de estas decisiones y quizá no nos corresponda juzgarlas, pero sí nos corresponde reconocer los efectos. El abandono no siempre es físico, a veces es emocional, económico, afectivo y a veces ocurre dentro de la misma casa, con adultos presentes pero profundamente ausentes en lo esencial: escuchar, acompañar, sostener.

Resulta incómodo decirlo, pero es necesario: no todo lo legal es éticamente suficiente. Cumplir con lo mínimo no equivale a garantizar bienestar, ser madre o padre no es solo un título ni un derecho adquirido de manera automática; es una responsabilidad cotidiana que implica renuncias, límites, presencia y coherencia. Implica entender que las decisiones adultas dejan marca.

El principio del interés superior de la niñez no es una frase decorativa ni un concepto abstracto, es un compromiso ético, social y, en muchos casos, legal. Significa que, ante cualquier dilema, conflicto o elección, el bienestar infantil debe ser la prioridad y no el enojo del adulto, ni su cansancio, ni su necesidad de huir, mucho menos su indiferencia.

Cuando la niñez tiene que adaptarse a la irresponsabilidad adulta, algo profundamente grave está ocurriendo, no es función de una niña comprender por qué no la recogen, no es tarea de un niño justificar ausencias, no deberían aprender a hacerse invisibles para no estorbar, ni a madurar antes de tiempo para sostener a otros.

Hablar de esto no es atacar a las familias, es defender a la niñez. Es reconocer que los errores adultos no deberían pagarlos quienes menos herramientas tienen para defenderse, pues criar implica mucho más que proveer techo o alimento: implica presencia emocional, límites claros, seguridad y amor consistente.

Este texto no es un llamado a la perfección, porque nadie la alcanza; es un llamado a la conciencia y a detenerse y preguntarse, con honestidad: ¿esta decisión que estoy tomando beneficia realmente a mi hija o a mi hijo, o solo me beneficia a mí? ¿Estoy pensando en su bienestar a largo plazo o en mi comodidad inmediata?

Reflexionar sobre estas realidades es una responsabilidad colectiva, como sociedad, necesitamos dejar de normalizar la ausencia, el abandono y la negligencia disfrazados de libertad adulta. Garantizar el interés superior de la niñez no es una opción ni un ideal lejano: es una obligación diaria que define el tipo de sociedad que somos y la que estamos construyendo para las próximas generaciones.

Construyamos una vida digna, en el presente.

*Director Ejecutivo de Casa del Sol

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