Adoptar también es amar lo que otros no eligieron mirar

Reflexiones en el marco del 9 de abril, Día Nacional de la Adopción de Niñas y Niños en México
Por Enrique Valentín, Director Ejecutivo de Casa del Sol
Cada 9 de abril, en México se conmemora el Día Nacional de la Adopción de Niñas y Niños. Una fecha que, en apariencia, pasa discreta en el calendario, pero que en realidad encierra una de las preguntas más profundas que podemos hacernos como sociedad: ¿qué estamos haciendo para garantizar que cada niña y cada niño crezca en una familia?
Porque la adopción no es un tema secundario, no es una opción más dentro de muchas; es, en miles de casos, la única vía para restituir un derecho que ha sido vulnerado desde el inicio: el derecho a vivir en un entorno seguro, afectivo y estable.
Pero para entender la adopción, hay que escuchar, pero no a las estadísticas ni los procesos, incluso, no solo a los adultos: hay que escuchar a las niñas y niños.
Hace algún tiempo, en un espacio de convivencia, un niño de aproximadamente nueve años levantó la mano y, sin rodeos, hizo una pregunta que todavía resuena:
“¿Todavía me puede escoger una familia, aunque ya esté grande?” Era una duda genuina, como si, en algún momento, alguien le hubiera hecho creer que había una edad límite para ser querido.
En otra ocasión, una niña, quizá de unos siete años, se acercó después de una actividad y dijo en voz baja: “Yo sí me porto bien, por si alguien me quiere llevar”. El dolor profundo de esa frase no debería existir en ninguna niña o niño del planeta, pero en la realidad existe; porque muchas niñas y niños han aprendido que el amor, a veces, parece condicionado, que ser elegidos depende de cumplir con algo, de parecer suficientes, de no “ser demasiado”, y ahí es donde la conversación se vuelve urgente.
En México, miles de niñas y niños viven en instituciones esperando una familia, pero no todos esperan igual, no todos tienen las mismas probabilidades. Existe una especie de silencio estructural que define quiénes son más fácilmente adoptados y quiénes quedan al final de la fila. En la primera línea están los bebés, niñas y niños pequeños, pero del otro lado están las niñas y niños mayores, los grupos de hermanos, la niñez con discapacidad.
Historias que no caben en la idea de lo “ideal” y ¿qué pasa con ellos? Pasa el tiempo.
Un día, durante un taller, se les pidió a varias niñas y niños que dibujaran algo que representara cómo se sentían, la mayoría hizo casas, árboles, personas, es decir, dibujos que intentaban construir, desde el papel, algo parecido a lo que anhelaban. Una niña hizo algo distinto, dibujó un reloj roto y fragmentado, debajo escribió una frase que nadie le dictó, que nadie le enseñó: “Donde el tiempo no borra el abandono”. Ese dibujo no era solo una expresión artística, era una forma de decir lo que muchas veces no encuentran cómo nombrar: que el tiempo pasa, sí, pero no siempre sana y que, crecer sin familia deja marcas, a ellas y ellos, la espera les duele.
Y sin embargo, seguimos hablando de adopción como si fuera un tema lejano, como si esas historias no nos pertenecieran; adoptar a una niña o niño mayor implica mirar de frente esa realidad, pero también implica reconocer algo profundamente humano: la capacidad de reconstruir.
Las niñas y niños grandes no necesitan borrar su historia, necesitan integrarla, y para eso necesitan adultos que no huyan de lo complejo, que no intenten simplificar lo que ha sido difícil, que no teman acompañar procesos emocionales más profundos. Porque sí, hay retos, pero también hay una enorme posibilidad de vínculo y un vínculo que no nace de la fantasía, sino de la verdad.
En el caso de los grupos de hermanos, la conversación es aún más delicada, en otra actividad, al preguntarles qué era lo más importante que tenían, un niño respondió sin dudar: “Mi hermana, porque, aunque no tengamos casa, nos tenemos nosotros”. Separarlos puede parecer una decisión administrativa pero emocionalmente, es una pérdida más y muchas veces, una de las más dolorosas. Apostar por la adopción de grupos de hermanos es entender que ese vínculo ya es un hogar, que no llegan solos, pero tampoco están incompletos, que lo que necesitan no es empezar de nuevo, sino continuar juntos.
Por otro lado, la adopción de niñas y niños con discapacidad sigue enfrentando una barrera aún más profunda: la invisibilidad; no es solo que haya menos familias dispuestas, es que hay menos conversación, menos información, menos acompañamiento y sobre todo más miedo. Pero estos temores no pueden ser el criterio que defina el destino de una niñez; porque cuando una niña o un niño con discapacidad no es adoptado, no es únicamente una decisión individual la que está en juego, es una falla colectiva.
Necesitamos cambiar la narrativa, dejar de hablar de “casos difíciles” y empezar a hablar de derechos postergados, porque ninguna niña o niño debería crecer sintiendo que fue descartado por su edad, por su historia o por su condición.
La adopción no es caridad, no es rescate, no es una historia de héroes, es, ante todo, un acto de justicia; es reconocer que las niñas y niños no están para cumplir expectativas adultas, sino que los adultos debemos estar a la altura de sus derechos.
Y hay que aclarar que esto no significa romantizar la adopción, es un proceso complejo, exige preparación y acompañamiento; pero también ofrece algo profundamente transformador: la posibilidad de elegir y sostener un vínculo desde la conciencia.
Un amor que no se asume, sino que se construye. En este Día Nacional de la Adopción, la invitación no es solo a quienes están considerando adoptar, es a toda la sociedad: escuchemos más, juzguemos menos.
A dejar de pensar en la adopción como un acto excepcional y empezar a entenderla como una responsabilidad compartida, porque incluso quienes no adoptan pueden ser parte del cambio; desde cambiar el lenguaje, hasta impulsar políticas públicas, acompañar organizaciones o simplemente dejar de reproducir ideas que limitan.
Las niñas y niños que esperan no necesitan familias perfectas, de hecho no existen familias perfectas, necesitan familias y punto.
Tal vez la adopción no cambia el pasado, pero sí puede cambiar la forma en la que ese pasado deja de doler.
Este 9 de abril no debería pasar desapercibido, que sea, más bien, una fecha que nos obligue a mirar de frente y recordar que detrás de cada proceso, de cada expediente, de cada cifra, hay una voz como aquella que pregunta: “¿Todavía me puede escoger una familia?”
Y que nuestra respuesta, como sociedad, no puede seguir siendo el silencio.



