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Puebla lleva 20 años haciendo planes. El problema es hacerlos durar

Querétaro ocupa hoy el segundo lugar nacional en competitividad. Aguascalientes está entre las diez entidades reconocidas por el IMCO por su trayectoria de dos décadas. Puebla aparece en el 26. La diferencia revela algo mucho más relevante que la posición en un ranking: la competitividad se construye acumulando decisiones durante años.

Puebla tiene casi todo lo que un estado podría pedir para competir. Ubicación privilegiada. Una de las industrias automotrices más completas del país. Universidades. Centros de investigación. Mano de obra. Mercado interno. Conectividad con el centro del país. Décadas de experiencia exportadora.

Entonces la pregunta resulta inevitable: ¿por qué entidades como Querétaro y Aguascalientes han conseguido avanzar más?

La respuesta probablemente no cabe en un gobernador, un partido ni un sexenio. Y quizá ahí esté precisamente el problema.

Una discusión que comenzó hace 20 años

Durante años he insistido, con base en conversaciones, debates y escucha de especialistas, en que una de las debilidades de Puebla no ha sido necesariamente la ausencia de proyectos, sino más bien nuestra dificultad para darles continuidad. ¿Recuerdan cuántos planes 2031 han escuchado? Casi todos tenian más una intención de hinchar el ego de alguna figura política en turno. Nada serio.

El vigésimo aniversario del Índice de Competitividad Estatal del IMCO permite poner esa hipótesis a prueba. Y los resultados son muy contundentes:

  • En 2008 Puebla ocupaba el lugar 26 en competitividad.
  • En 2014 estaba en el 20.
  • Posteriormente tuvo periodos de recuperación.
  • Pero en 2026 vuelve al 26.

No estamos, por tanto, frente a una historia sencilla de caída. Estamos frente a algo posiblemente más preocupante: Puebla ha logrado avanzar por momentos, pero no ha conseguido convertir esos avances en ventajas acumulativas.

Puebla sí tuvo planes

Sería falso afirmar que Puebla nunca planeó su desarrollo. El Plan Estatal de Desarrollo 2005–2011 ya hablaba de competitividad, modernización industrial, comunicaciones, financiamiento, turismo e incluso incluía un apartado llamado “Globalización, exportando Puebla”.

En 2008, el Gobierno estatal reportó al propio IMCO que había construido una agenda de competitividad mediante mesas con sectores productivos, objetivos específicos para las dependencias y programas estratégicos. Es decir: hace casi veinte años ya discutíamos muchas de las cosas que seguimos discutiendo hoy.

Por eso la reflexiíón que debemos hacernos es: ¿por qué tantos planes no consiguieron convertirse en una estrategia que sobreviviera a los gobiernos? ¿Qué opinarán la clase política, los ex gobernantes, los opositores respecto de esta pregunta?

Querétaro y Aguascalientes hicieron algo diferente

En 2014, el IMCO difundió algo que hoy resulta revelador. Describió a Querétaro y Aguascalientes como dos de los grandes ganadores del libre comercio y relacionó su desempeño con una visión de largo plazo sostenida por gobiernos sucesivos.

Aquel año Aguascalientes estaba en tercer lugar nacional. Querétaro, en quinto. Puebla, en el 20.

Doce años después, el IMCO vuelve a encontrarlos entre las entidades con trayectoria destacada. Querétaro ocupa en 2026 el segundo lugar nacional. Pero más interesante que su posición es lo que construyó alrededor de su economía: industria automotriz, aeroespacial, centros de datos y una elevada complejidad económica.

Aguascalientes aparece en el octavo lugar y el IMCO reconoce su integración a las cadenas productivas de Norteamérica, así como su desempeño acumulado en inversión y exportaciones. No significa que sean estados perfectos, significa que consiguieron acumular capacidades.

La competitividad no es una fábrica

Éste podría ser uno de los aprendizajes más importantes para Puebla. Durante décadas tuvimos una extraordinaria ventaja: Volkswagen. Después llegaron Audi y una poderosa cadena de proveedores automotrices.

Pero tener grandes empresas no necesariamente significa haber construido un ecosistema competitivo. La competitividad aparece cuando alrededor de esas empresas se desarrollan proveedores locales, tecnología, investigación, talento especializado, emprendimiento, infraestructura, instituciones confiables y empleos formales mejor pagados.

Y ahí es donde empiezan a aparecer nuestras brechas.

El IMCO señala que los estados con mejores resultados durante estos veinte años combinan empleo formal, talento calificado, infraestructura funcional, sofisticación productiva e instituciones confiables.

No una sola de esas cosas. Todas ellas.

El empleo revela parte del problema

Puebla es una economía grande. Pero todavía demasiados poblanos participan de ella desde la informalidad. En el ICE 2025, el 69% de la población ocupada de Puebla estaba en condiciones de informalidad laboral.

El ingreso mensual promedio de los trabajadores de tiempo completo era de 8 mil 504 pesos y solamente 24% de la población de 25 años y más contaba con educación técnica o superior.

Ese mismo año ocurrió algo aparentemente contradictorio: Puebla tuvo el mayor crecimiento nacional de unidades económicas con más de 50 empleados: 10.1%.

Poblanos, esta es una magnífica fotografía de nuestra paradoja. Puebla puede generar empresas. Puede atraer industria. Puede crecer… Pero convertir ese crecimiento en mejores empleos, mayor productividad, talento e innovación sigue siendo otra historia.

2018 rompió todavía más la continuidad

Y entonces llegó otro factor que no podemos ignorar. A partir de 2018 Puebla atravesó un periodo extraordinario de inestabilidad política y cambios en la conducción del Gobierno estatal. No sería correcto atribuir a ese periodo veinte años de resultados. Ustedes y yo sabemos que el problema viene de antes. Pero claro que esta etapa no ayudó.

El propio archivo oficial de planeación de Puebla permite observar la sucesión de planes correspondientes a distintas administraciones.

El Plan Estatal de Desarrollo 2019–2024 incluso fue modificado y adecuado formalmente en 2023, cambiando la organización de sus cinco ejes. Después llegó el nuevo Plan Estatal de Desarrollo 2024–2030.

Y hay que decirlo, cambiar un plan no es necesariamente malo porque las circunstancias cambian y los gobiernos tienen derecho a establecer prioridades distintas. El problema aparece cuando cada cambio obliga a comenzar otra vez y eso se nota en el estancamiento. Se nota cuando las preguntas estratégicas para el desarrollo económico de Puebla son las mismas desde hace 20 años.

Aguascalientes planea para 2045. Querétaro para 2050.

Aquí el contraste deja de ser exclusivamente económico.

Aguascalientes construyó una visión de largo plazo hacia 2045.

Querétaro lanzó su Plan Querétaro 2050 y fue todavía más lejos: incorporó el ejercicio de planeación de largo plazo a su marco constitucional para establecer revisiones periódicas y darle continuidad más allá del ciclo político.

Ese detalle tiene un efecto en el pensamiento de los gobernantes y también en los inversionistas. La confianza se da en quien te presenta y respeta un plan a largo plazo.

Porque un proyecto de veinte años necesariamente será ejecutado por gobiernos distintos, inlcuso, muy probablmente también por partidos distintos. Pero la planeación de largo plazo funciona cuando deja de pertenecer al gobernador que la presenta y comienza a pertenecer al estado que la necesita.

No necesitamos encontrar un culpable

Veinte años abarcan demasiados gobernadores, secretarios, empresarios, rectores, organismos empresariales y generaciones de poblanos para explicar nuestra posición competitiva señalando a una sola persona. Así que la responsabilidad también debe ser compartida.

  • ¿Dónde estuvo el sector empresarial cuando cambiaban las estrategias?
  • ¿Dónde estuvieron las universidades?
  • ¿Dónde estuvo la sociedad civil?
  • ¿Construimos instituciones capaces de defender proyectos estratégicos cuando cambiaban los gobiernos?
  • ¿Medimos qué funcionaba antes de sustituirlo?
  • ¿O simplemente nos acostumbramos a presentar cada seis años un nuevo futuro para Puebla?

Y llegamos otra vez al futuro

Hoy Puebla está hablando de electromovilidad. Olinia. Semiconductores. Inteligencia artificial. Baterías. Centros de innovación. Nuevas inversiones. Puebla 2050. Todo puede ser extraordinariamente importante. Pero veinte años de mediciones del IMCO nos obligan a dejar de preguntar: ¿cuál es la obra emblemática a construir?

Debemos preguntarnos siempre ¿quién garantiza que eso que se construye va en la misma dirección a la que Puebla debe caminar dentro de diez o veinte años? Porque ésa parece ser una de las grandes diferencias entre anunciar proyectos y construir competitividad.

La lección de estos veinte años

El IMCO acaba de resumirla con claridad. Las ventajas competitivas que distinguen a los estados con mejores trayectorias se construyeron con continuidad de política pública, no con cambios permanentes de rumbo.

Aunque parezca exagerado en mi optimismo, sigo pensando que Puebla tiene frente a sí una oportunidad extraordinaria. No necesitamos copiar a Querétaro.ni convertirnos en Aguascalientes. Puebla tiene otra escala, otra historia, otra economía y otros problemas.

Lo que sí podemos aprender de ellos es algo mucho más elemental: un estado no puede reinventar su futuro cada seis años o cada periodo de campaña.

Puebla no necesita otro gran plan, lo que necesita es algo bastante más difícil:un acuerdo entre gobierno, empresarios, universidades y sociedad sobre las cinco o seis prioridades que deberían sobrevivir durante los próximos veinte años. Y ojo, la oposición debe estar considerada.

Medir, evaluar, corregir cuando sea necesario. Pero no volver a empezar.

Porque después de veinte años haciendo planes, el lugar 26 del IMCO no nos deja muy bien parados en cuanto a coordinación, en cuanto a cómo nos vemos en el futuro. Insisto, sin echar culpas, tendremos que preguntarnos: ¿qué tendría que hacer Puebla para que el próximo gobierno continúe construyendo lo que comenzó el anterior?

El reto de Puebla quizá nunca haya sido imaginar el futuro; el reto es aprender a sostenerlo.

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