Despedidas

Por Enrique Valentín
Hay despedidas que uno sabe que algún día van a llegar, pero cuando finalmente llega el momento, resulta mucho más difícil encontrar las palabras. Hoy me toca despedir a tres hermanos que durante mucho tiempo fueron parte de mi vida y de Casa del Sol, y que ahora comienzan una nueva historia, una historia llena de posibilidades, de nuevos retos, de nuevas experiencias y, sobre todo, de una familia que los ha elegido con amor.
Y quiero comenzar diciéndoles algo que deseo que recuerden siempre: Sueñen y vuelen alto.
No tengan miedo de imaginar una vida grande, no tengan miedo de proponerse cosas difíciles, de intentar aquello que parece imposible o de descubrir hasta dónde pueden llegar; tienen un potencial enorme y lo he visto muchas veces, especialmente en el deporte, donde han demostrado disciplina, fuerza, capacidad y determinación.
Pero quiero que entiendan algo: ese cuerpo fuerte que han construido, esos músculos, esa resistencia, esa capacidad de correr, jugar, competir y levantarse cuando están cansados, son solamente la parte visible de algo mucho más grande: son un reflejo de la fortaleza que tienen como personas.
Y esa fortaleza les va a servir para mucho más que para ganar un partido, les va a servir para la vida, y cuando los vea adultos y fuertes llegaré y les diré: ¡Ay ya, se creen mucho! y ustedes me contestarán: “no nos creemos, somos”.
Me siento profundamente orgulloso de haber tenido la oportunidad de cuidarlos, acompañarlos y enseñarles, aunque haya sido solamente un poquito, durante este tramo de su camino. Tal vez algunas de las cosas que les dije se les olviden, tal vez algunas reglas, regaños o consejos pierdan importancia con el paso de los años; pero deseo que, cuando algún día recuerden su niñez y su paso por Casa del Sol, puedan hacerlo con una sonrisa y que su mochila esté llena de recuerdos bonitos.
Yo también me voy con mi propia mochila, y pesa bastante, porqué ahí están todos esos partidos de futbol que compartí con D., las tardes interminables en mi oficina con J y Z, sentados durante horas para contarme sus aventuras, sus historias y todo aquello que les había ocurrido durante el día. Siempre tenían una pregunta nueva, siempre querían saber algo más, aunque muchas veces de coreanos y cultura K-pop. Esa curiosidad que tenían por entender el mundo, por preguntar, por investigar y por descubrir cosas, es una de las cualidades que espero que nunca pierdan.
Recordaré siempre las partidas de ajedrez, las llamadas a deshoras para acusar que alguno de los hermanos se había portado mal. “Lic, mis hermanos se están peleando”, y entonces comenzaba la investigación, el llamado de atención y las famosas consecuencias que espero que algún día entiendan que era por su bien. Y está aquella historia que durante mucho tiempo no pude contar, aquel día en que Z decidió pintarles las caras a otras niñas mientras dormían, si, fue Z, por fin lo puedo confesar.
Espero que algún día podamos reírnos de todas esas travesuras, también me llevo las salidas a la montaña, y especialmente aquella ocasión en la que D y Z se cayeron y por unos segundos sentí que se me iba la vida. Probablemente ustedes lo recuerden como una aventura más, yo lo recuerdo como uno de esos momentos en los que uno descubre cuánto puede querer y preocuparse por alguien.
Me llevo las vacaciones en la playa, el liderazgo de J., las conversaciones, las preguntas, las risas; aquel día J. en que te brillaron los ojos al ver el gatito que te llevé. Ese tipo de momentos, que quizá para ustedes parecían pequeños, para mí se quedaron guardados en un lugar muy especial.
Y están también todas esas fotografías, esas que se tomaron cuando, por algún descuido, dejaba mi celular a su alcance; muchas de aquellas poses me parecían absolutamente horribles y algunas probablemente si lo son, pero hoy las veo de otra manera, las guardo como uno de los tesoros más preciados que tengo, porque no son simplemente fotografías, son pedazos de una historia que vivimos juntos, son evidencia de que estuvieron aquí, de que reímos, jugamos, hablamos y compartimos una parte de nuestras vidas.
Y aunque el tiempo pase, esas fotografías van a seguir recordándome a tres hermanos que dejaron una huella profunda en mi corazón.
Pero hay algo más que quiero agradecerles: Ustedes también me enseñaron a mí, me enseñaron a ser fuerte, que la resiliencia no significa que nunca tengas miedo, que nunca te canses o que nunca te caigas, significa aprender a levantarte. Me enseñaron que nuestro pasado puede explicar muchas cosas, pero no tiene por qué definirnos.
Ahora quiero hablarles también de algo muy importante: su familia. Quiero pedirles que quieran muchísimo a sus padres, ellos han mostrado un valor que, desde mi perspectiva, es verdaderamente inigualable; decidir formar una familia de este tamaño, abrir las puertas de su casa, de su vida y de su corazón para recibir a tres hermanos y asumir el compromiso de acompañarlos, cuidarlos y quererlos, habla de la clase de personas que son.
Dos personas que estaban construyendo su propia historia y tres hermanos que también tenían una historia que contar, y ahora esas cinco historias se convierten en una sola familia: disfrútenla siempre.
Por eso quiero pedirles algo que puede parecer muy sencillo, pero que creo que puede cambiarles la vida: Sean buenas personas. Y cuando encuentren el éxito, recuerden que alguna vez hubo un lugar llamado Casa del Sol donde tres hermanos corrieron, jugaron, hicieron travesuras, hicieron preguntas, se pelearon, se reconciliaron y dejaron una huella que nunca se va a borrar.
Gracias por haberme permitido formar parte de su historia, gracias por todo lo que me enseñaron, gracias por cada recuerdo.
Los quiero mucho y estoy profundamente orgulloso de ustedes.
P.D. Pórtense bien.



